
La vida que sostengo y la vida que me llama

Hay días en que cumplo todo.
Llego a tiempo.
Entrego lo que se espera de mí.
Soy madre, profesora, terapeuta, adulta funcional.
Y aun así, algo en mí se queda en silencio.
No es tristeza.
No es falta de gratitud.
Es una sensación más sutil: la de estar viviendo solo una versión de quien soy.
Durante un tiempo he sido fuerte. He sostenido rutinas, horarios, responsabilidades. He corrido para dejar a mi hijo en el jardín y he corrido para llegar a recibir a otros hijos en el colegio donde trabajo. He cumplido con amor. Y eso importa, es bello.
Pero también soy otra cosa.
Soy la mujer que enseña en la universidad, la que acompaña procesos, la que escucha con el cuerpo, la que sostiene con las manos y con la energía. Soy terapeuta, hago reiki, acompaño a personas en sus propios procesos de sanación. Esa parte de mí no es un hobby. Es una vocación tan profunda como la docencia. Y hoy está esperando volver a tener espacio.
A veces me pregunto si ya cumplí un ciclo en mi lugar de trabajo.
A veces me pregunto si me estoy perdiendo por no atreverme a hacer algo diferente.
Y la respuesta no viene en forma de certezas.
Viene en forma de cansancio profundo, de creatividad apagada, de mañanas que empiezan demasiado rápido.
Mi hijo tiene dos años.
Y necesita algo que esta vida acelerada no siempre le permite: despedidas largas, miradas a los ojos, tiempo para entender que mamá se va… pero que vuelve. No necesita que lo deje con los zapatos puestos y el corazón apurado. Necesita procesar, integrar, sentirse seguro.
Y yo también.
Nos enseñaron a resistir.
Poco nos enseñaron a escucharnos.
Me digo que necesito mi trabajo por mi hijo —y es verdad—. Pero también es verdad que el trabajo consume tiempo, energía, vitalidad y creatividad. Y no quiero que ni él ni yo vivamos siempre en modo supervivencia.
No quiero huir de mi vida.
Quiero habitarla completa.
Quiero mañanas lentas.
Espacio para respirar.
Tiempo para crear, para acompañar, para sanar.
Hoy me digo algo importante:
lo estoy haciendo bien.
He sostenido, he amado, he cumplido.
Pero quizá ha llegado el momento de dejar de sostener solo un lugar y permitirme moverme hacia mis otras áreas de interés. Hacia las terapias, hacia la docencia universitaria, hacia todo lo que también soy.
No como un abandono.
Sino como un acto de fidelidad conmigo misma.
Y con mi hijo.



Amo