También se llora lo que no murió

También se llora lo que no murió
Hay duelos que tienen flores,
abrazos,
una fecha que recordar.
Y hay otros que ocurren en silencio.
Nadie viene a despedirse
cuando dejas atrás una versión de ti.
Nadie te abraza
cuando comprendes que un sueño
ya no será como lo imaginaste.
Y, sin embargo, duele.
Duele la casa que dejaste,
el trabajo donde alguna vez fuiste feliz,
la amistad que se fue apagando,
el amor que cambió de forma,
el cuerpo que ya no es el mismo,
los hijos que crecen,
los lugares a los que no volverás
siendo la misma persona.
Duele incluso aquello
que elegimos dejar.
Porque elegir irse
no significa no amar lo que queda atrás.
A veces crecer
también se parece mucho a perder.
Quizás por eso el duelo
no siempre necesita que algo muera.
A veces basta con que algo termine.
Y entonces toca hacer espacio.
Llorar lo que fue.
Agradecer lo que pudo ser.
Perdonar lo que no alcanzó a suceder.
Guardar algunas cosas.
Soltar otras.
Y aprender, lentamente,
que seguir adelante
no es dejar atrás.
Es llevar de otra manera.
Porque hay personas, lugares, sueños
y antiguas versiones de nosotros
que nunca desaparecen del todo.
Se transforman en memoria,
en cicatriz,
en aprendizaje,
en una pequeña parte de quienes somos.
Y un día,
sin saber exactamente cuándo,
dejará de doler tanto.
No porque hayamos olvidado,
sino porque aprendimos
a hacerle un lugar a la ausencia.
Y descubrimos
que después de cada despedida
no volvemos a ser quienes éramos.
Pero seguimos siendo.
Y a veces,
eso también es renacer.



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